El día que el tiempo se detuvo en Caracas

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La historia de la captura de Nicolás Maduro no comenzó esta semana, sino que se gestó durante años en los pasillos de Washington y en las sombras de las bases militares venezolanas. Sin embargo, el clímax llegó en la madrugada del 3 de enero, cuando el silencio de la noche caraqueña fue roto por el zumbido de helicópteros invisibles al radar.

Para la mayoría, la liberación: Una apuesta por la Justicia

Desde la perspectiva de la oposición y de un gran sector de la comunidad internacional, lo sucedido fue el desenlace inevitable de una tragedia prolongada. Para quienes apoyan esta visión, la captura no fue un secuestro, sino una operación de rescate institucional.

Esta mirada sostiene que el sistema democrático en Venezuela se había agotado. El narcotráfico casi impune que se maneja desde Venezuela es un motivo más que suficiente para intervenir. 

La idea es ver la imagen de Maduro con el uniforme naranja de la justicia estadounidense el fin de una era de impunidad. Para este grupo, la llegada del exmandatario a Nueva York es el primer paso hacia una transición que permitirá el regreso de millones de migrantes y la reconstrucción económica de un país devastado por la inflación.

Para otros, la soberanía agredida: El líder ante el imperio

Desde el otro lado de la acera, para los seguidores del chavismo y aquellos críticos con la política exterior de EE. UU., los hechos se narran bajo una luz de atropello y vulneración soberana.

Defienden que, independientemente de la gestión interna, Nicolás Maduro era un presidente en ejercicio y que su extracción por fuerzas extranjeras constituye un precedente peligroso para cualquier nación. No tienen en cuenta, pese a todas las evidencias, que hizo fraude en las elecciones y carece de legitimidad, no, a eso lo pasan por alto, prefieren no mirar. Como si de fanáticos religiosos se tratase.

Para este sector, la imagen de Maduro en el estrado de Manhattan no representa justicia, sino una “humillación colonial”. Ven en su detención un intento de Washington por controlar los recursos energéticos de Venezuela, utilizando los cargos de narcotráfico como un pretexto jurídico para un cambio de régimen forzado.

Entre el estrado y la calle

Hoy, la escena en el tribunal de Manhattan fue un estudio de contrastes. Por un lado, la maquinaria perfecta del sistema judicial estadounidense: jueces de expresión imperturbable, traductores precisos y una seguridad impenetrable. Por otro, la humanidad de un hombre que, despojado de sus insignias de poder, intentaba mantener la mirada alta, repitiendo que su presencia allí era un error histórico. “Me secuestraron”

Mientras en Nueva York se discutían tecnicismos legales y fianzas imposibles, en las calles de Caracas se vivía una calma tensa. No hubo la explosión de júbilo que algunos esperaban, ni el levantamiento popular masivo que otros vaticinaban. Lo que hubo fue un silencio expectante. Hasta última hora se veían imágenes en Caracas de personas disparando y atacándose unas a otras, imágenes que aún no se sabe de qué se tratan. Solo especulaciones periodísticas, supuestos que no llevan más que a un guion de una serie policial sin una trama que concuerde con la realidad.

El Futuro: Un guion sin final escrito

Hoy, Venezuela se encuentra en un limbo. Delcy Rodríguez intenta sostener el timón en un palacio de Miraflores que se siente vacío, mientras la oposición busca el lenguaje adecuado para llamar a la unidad sin parecer que celebra una tragedia. Según Trump “Decly Rodríguez está colaborando con EE.UU.”

La historia nos dice que este es el final de un capítulo, pero el libro de Venezuela está lejos de cerrarse. Lo que para unos es el amanecer de la libertad, para otros es la noche más oscura de la soberanía nacional. La verdad, como suele ocurrir, probablemente flote en algún lugar en medio de esos dos sentimientos encontrados.

La miseria que vive el pueblo de Venezuela: 

Más allá de las noticias sobre tribunales en Nueva York, la realidad en las calles venezolanas al 5 de enero de 2026 está marcada por una fragilidad extrema:

  • Pobreza Estructural: Según los datos más recientes (ENCOVI), cerca del 87% de la población vive bajo el umbral de la pobreza. Esto significa que la gran mayoría de las familias no logra cubrir el costo de la canasta básica alimentaria.
  • Colapso de Servicios Públicos: La vida cotidiana es una carrera de obstáculos. Los cortes eléctricos son crónicos y el suministro de agua potable es intermitente, obligando a las comunidades a depender de camiones cisterna o fuentes naturales.
  • Emergencia Sanitaria: Los hospitales operan con lo mínimo. Es común que los pacientes deban llevar sus propios insumos (gasas, sueros, jeringas) para ser atendidos. Enfermedades que se consideraban erradicadas en el siglo XX han mostrado repuntes preocupantes.
  • Éxodo Incesante: La migración no se ha detenido. Se estima que más de 7 millones de venezolanos han salido del país, lo que ha generado una fractura familiar masiva y una pérdida de talento joven que compromete el futuro de la reconstrucción nacional.

¿Y  de Cuba…? Se habla poco.  Una alianza de supervivencia

La relación entre Caracas y La Habana es, quizás, el eje más complejo de esta historia. No se trata solo de afinidad ideológica, sino de una simbiosis estratégica que hoy, tras la captura de Maduro, está bajo la lupa internacional:

Tres puntos centrales a tener en cuenta:

  1. Seguridad e Inteligencia: Durante años, se ha señalado que el aparato de inteligencia venezolano (SEBIN y DGCIM) ha contado con asesoría directa del G2 cubano. Informes recientes sugieren que la seguridad personal de Maduro estaba integrada por agentes de la isla, lo que generaba una percepción de “co-gobierno”.
  1. Petróleo por Servicios: El modelo de intercambio, digamos petróleo venezolano a cambio de médicos y maestros cubanos,  fue el pilar de la relación. Igualmente hay críticos que señalan que esto derivó en una dependencia donde Cuba enviaba personal de inteligencia bajo la fachada de misiones humanitarias para asegurar la lealtad de las instituciones venezolanas.
  1. El momento actual: Tras la operación que capturó a Maduro el 3 de enero, el gobierno de Miguel Díaz-Canel en Cuba se encuentra en una posición vulnerable. La pérdida de su principal aliado energético y financiero coloca a la isla en una situación de incertidumbre económica y política sin precedentes en la última década.

Venezuela llega a este 2026 con un tejido social agotado. Mientras el liderazgo político se disputa en tribunales extranjeros y despachos presidenciales, el ciudadano común sigue enfrentando una inflación que devora salarios y una infraestructura que apenas se sostiene. La salida de Maduro abre un interrogante: 

 ¿Podrá el país recuperarse de esta precariedad sin que el costo social sea aún más alto?

¿Deseas que profundice en algún aspecto específico, como el impacto de esta crisis en la educación o en la situación actual de los presos políticos?

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Luis Becerra – Radio Conectada.